?

Log in

No account? Create an account
 
 
08 January 2014 @ 05:25 pm
Your heart felt good, it was drippin pitch and made of wood.  
Título: (I've got this thing that I consider my only art) Of fucking people over


– – –

Derek ha tenido dos novias en toda su vida. La primera en el instituto, cuando él aún podía pasar por un adolescente normal, una chica llamada Paige con un lunar bajo el ojo y una sonrisa encantadora. Fue un amor que como vino se fue, y nadie salió gravemente herido de aquello. La segunda fue Kate, y eso fue un asunto totalmente distinto.

Kate tenía el pelo rubio y siempre perfectamente despeinado, la lengua afilada y las piernas como barras de acero. Derek se sentía morir cuando las enredaba alrededor de su cuerpo, se sentía el hombre con más suerte del mundo. Kate tenía un puesto de profesor adjunto en la universidad, y una bandera confederada colgada sobre la cama, y aún así Derek tuvo la mala idea de enamorarse de ella. Fue entonces, cuando hablaban de irse a vivir juntos, de casarse y tener hijos y hacer todas esas cosas, cuando el coche de los padres de Derek se salió de la carretera en una noche lluviosa, y ella desapareció. Kate era una mala persona, de eso se dio cuenta enseguida, pero no era una asesina, y aún así Derek no puede evitar culparla de todo aquello. Derek se marchó al funeral y, al volver una semana después para recoger sus cosas y pasar el verano en casa, Kate había desaparecido. Se había llevado la ropa del armario y el cepillo de dientes y el sofá. Se llevó su puto sofá. Puede que no matara a sus padres, pero no se lo puso nada fácil a él para seguir viviendo.

El siguiente año y medio es un montón de recuerdos borrosos e inconexos. Se mudó a Nueva York con su hermana mayor, dejando a medias la tesis porque a quién coño le importaba. Laura siempre había sido más fuerte que él, siempre había sido su persona en el mundo, desde que Derek es capaz de recordar. Sólo era un año mayor, pero a él siempre le pareció una eternidad, un abismo insalvable, porque por cada día que Derek crecía, Laura lo hacía tres. Mientras Derek trataba de encontrar razones para levantarse del sofá y ponerse algo que no fueran pantalones de pijama, Laura trabajaba por las mañanas en una cafetería del barrio y por las noches en una discoteca del centro para mantenerles a los dos. Fue allí donde murió. El incendio salió en las noticias, fue todo un escándalo. Las alarmas estaban desactivadas, las salidas de incendios taponadas. Culpar al dueño del sitio, o al encargado, o a los inspectores no era suficientemente satisfactorio, así que se culpó a sí mismo porque tendría que haber sido él el que trabajara por las noches, aunque la parte racional de su cerebro le decía que era absurdo. Esa parte era más pequeña cada día que pasaba.

Cora tenía diecisiete años por aquél entonces, cuando la expulsaron por segunda vez del internado. Derek llevaba un mes y medio sin salir de casa más que para ir a comprar paquetes de fideos instantáneos y botellas de 7-Up cuando recibió la llamada, y tuvo que cruzarse el país para echarle una bronca para la que ni siquiera tenía fuerzas, una bronca que Laura ya le había tenido que echar antes. Fue la primera vez que recuerda haber llorado desde la muerte de sus padres, en la habitación de un motel en Seattle. Cora se rió de sus intentos de ser un hermano responsable y le mandó de una patada en el culo a la universidad de nuevo, a ser un buen ejemplo por una vez en su vida. Le hizo buscar el número de un psiquiatra y el de un gimnasio, le encontró un apartamento en el campus y leyó sobre su hombro el email que le obligó a mandar a su antiguo director de tesis. Mientras tanto se sacó el graduado a distancia y fue admitida en la universidad pública.

Eso fue un año antes de que Derek conociera a Isaac y a Boyd.


– – –



Derek ha conseguido, por fin, hacerse con una copia de un libro descatalogado que llevaba buscando desde antes de empezar la tesis. Lo ha conseguido de tercera o cuarta mano en un foro de Internet lleno de frikis que recrean batallas de la Guerra Civil vestidos con uniformes hechos a medida. Son un poco como los locos que se suben a escobas y juegan al Quidditch. Lleva ya casi la mitad del libro, y el esfuerzo ha merecido totalmente la pena, porque es una visión totalmente distinta de los hechos desde el bando Unionista, que podría considerarse muy polémica, y para Derek es mejor que un maratón de telenovelas. Hay intrigas políticas y enfrentamientos fraternales y conspiraciones, y puede que no sea el libro más históricamente fiel que ha leído en su vida, pero es emocionante como pocos ensayos sobre Historia Norteamericana son. Siguiendo con la analogía, es a la Historia lo que los fanfictions de los merodeadores son al universo Harry Potter. Es una pasada. Está pasando el mejor rato de su vida.

El timbre suena en la planta de abajo, y antes de que nadie haya tenido tiempo para abrir la puerta se oye a Stiles gritando:

–Noche de pelis, ¡¡wohoo!!

Derek cierra el libro y mira al techo de su habitación, rezándole a algún ser superior en el que hace años que no cree. Unos nudillos golpean en la puerta.

–Están aquí, ¿bajas? –le pregunta Isaac desde el otro lado–. Hay pizza y nuggets.

–Sí, voy.

Tarda un momento en levantarse de la cama y ponerse una camiseta, otro más largo en armarse de valor para bajar las escaleras y enfrentarse a su viernes por la noche.

–Sólo estoy diciendo que he visto a Jamie Oliver haciendo nuggets a partir de tendones y piel de pollo –está diciendo Stiles en el salón con la boca llena– y ni aún así pienso dejarlos. Hay gente que fuma, y eso es mucho peor, pero no te veo lanzándote a su cuello.

–¿Quién fuma? Estamos en el año 2013 –le contesta Isaac, dejando un pack de seis cervezas sobre la mesa–. Pero haz lo que quieras, hártate de nuggets. Yo no los voy a tocar ni con un palo de diez metros.

–¿Sabes lo que engordan esas cosas? –añade Danny, abriendo una cerveza y cogiendo una porción de la pizza con extra de queso.

–Argumentas un caso muy convincente.

–¿No vais a esperar a los demás? –pregunta Derek, sentándose en su lugar en el sofá.

–No hay nadie más –contesta Stiles, estirándose hacia la caja de pizza–. Scott y Allison se han ido al cine, Boyd y Erica están bailando salsa, aparentemente. ¿Quién coño quiere noche de pelis con Jackson…?

–Eh –le corta Danny, lanzándole un puntapié.

–Somos sólo nosotros.

–Oh. Vaya –murmura. Quiere decir que está decepcionado, pero no es exactamente eso. Por una parte prefiere que no estén todos los demás, pero por otra está Stiles. Y es verdad que siempre son un montón de parejas y Stiles y él, y está acostumbrado, pero eso no significa que le guste. Hace que sea violentamente consciente de lo solo que está.

–La buena noticia es que podemos ver pelis de hombres. He traído Master and Commander –dice Stiles, triunfal, sacando un pendrive del bolsillo–. ¿Qué hay más masculino que eso?

–Hmmm –murmura Danny, rascándose la barbilla–. Brokeback Mountain.

–¿Cuál es esa peli de strippers con Channing Tatum? –intercede Isaac, riéndose.

–Master and Commander es una peli muy gay –dice Danny.

–¡No lo es! Y aunque lo fuera, ¿qué tenéis en contra de las pelis con subtexto homosexual?

–¿Top Gun? –sugiere Derek a media voz un momento demasiado tarde, y Danny estalla en carcajadas.

–Vale. Vale. Vosotros ganáis –se rinde, dejándose caer contra el respaldo del sofá–. De todas maneras, yo sólo vengo por la cerveza.

Isaac se sienta en el sillón entre las piernas de Danny, con la cabeza apoyada en su hombro, él rodeándole con los brazos de una manera que es difícil de ignorar. Derek y Stiles tienen el sofá para ellos, y se sientan cada uno pegado a su reposabrazos, con un abismo de cojines viejos separándoles. Derek trata de no apartar demasiado la vista de la pantalla de la tele.

No le importa estar soltero. Le gusta ser independiente, no rendir cuentas ante nadie, estar solo. Le gusta un poco menos sentirse solo, pero eso es algo que no pasa muy a menudo, sólo alguna mañana gris en la que se despierta en la cama fría con la casa en silencio y todo un día vacío por delante. Y piensa que podría salir a buscarse una novia, o un novio, o un gato. Algo que le haga sentir un poco más humano. Algo caliente que respire, que meta la nariz en la curva entre su hombro y su cuello y le recuerde que sigue vivo.

Sólo dura un día, un rato, y cuando abre los ojos y esa sensación ha pasado es un alivio, es como si le hubieran arrancado algo helado y húmedo del pecho y por fin pudiera volver a respirar.

Acaban viendo la película de Stiles, porque todas las que tienen en casa ya las han visto un millón de veces, y resulta que es bastante mejor de lo que Derek la recordaba. Pero lo único que recordaba era a Russell Crowe y el otro tipo haciendo dúos de cuerda entre miradas significativas, y la sensación general de que todo olía mal.

Cuando se quiere dar cuenta la película se ha acabado y él lleva tres cervezas. No está borracho, pero cuando sube al baño tiene que agarrarse a la barandilla porque le da miedo perder el equilibrio. Se mira al espejo y se ve pálido, se siente patético. Es más un sentimiento general que algo concreto, algo que pueda identificar y cambiar. Es el conjunto de su existencia lo que es lamentable. Un viernes por la noche viendo pelis con amigos prestados, emborrachándose de pizza y cerveza mediocre. Y no se lo está pasando del todo mal, que es lo peor del asunto. Le gustaría poder decir que lo odia, pero se divierte, aunque Isaac y Danny no hagan más que decirse cosas al oído y ser asquerosamente felices; aunque Stiles tenga un apunte burlón que hacer a cada escena y él haya dejado de encontrarlo irritante porque, si lo mira desapasionadamente, es bastante gracioso.

Tiene veintisiete años y esa es su vida.

–Hemos pensado en ver Anchorman –le informa Stiles cuando vuelve a bajar-. Están haciendo palomitas. ¿Te apuntas?

–Sí –contesta, dejándose caer de nuevo en el sofá.

–¿Sí?

–Me encanta Anchorman –dice sencillamente.

–¿En serio? –exclama Stiles, girándose a mirarle como si acabara de salirle una segunda cabeza.

–¿Por qué es tan sorprendente?

–Es la primera vez que te oigo decir que algo te gusta. ¡Que te encanta! Esto es un gran avance.

–Me gustan algunas cosas –replica, sin acabar de entender por qué es tan inesperado.

–Ya, bueno, ya lo suponía. El color negro y la música deprimente y la esclavitud.

–No me gusta la esclavitud –contesta, alarmado.

–Ya sabes a lo que me refiero –repone, quitándole importancia-. Las razones subyacentes de la Guerra Civil.

Derek se siente fruncir el ceño.

–Lo has planteado de una manera que inducía a error muy fácilmente.

–Lo sé. No te pongas quisquilloso.

–Y, de todas maneras, convertirlo en una guerra sobre la esclavitud fue sólo una táctica de Lincoln… –empieza a decir, incapaz de dejarlo estar, porque odia que el tema se simplifique de esa manera–. Realmente fue un conflicto de carácter económico. ¿No lo estudiaste en el instituto?

–Nunca se me dio bien la Historia –contesta.

–No hay nada que se pueda dar bien o mal en esto –dice, subiendo las rodillas al sofá y girándose hacia él–. Es sólo comprender el concepto básico de causa y consecuencia.

–Eres adorable.

–¿Qué?

Stiles baja la mirada a sus manos, juega con un hilo suelto en la tapicería gris.

–Nunca pareces realmente emocionado por nada. Así que cuando te emocionas es… –respira hondo y pone los ojos en blanco–. Adorable. Lo siento, no sé por qué he dicho eso. Llevan mucho rato para hacer palomitas, ¿no? –pregunta entonces, levantándose de golpe–. Voy a ver qué pasa.

–Bien –dice. Vuelve a sentarse contra el respaldo, con las manos abiertas sobre los muslos, y se muerde el interior de la mejilla mientras no mira la manera en la que Stiles se acerca a la puerta de la cocina, sino a esa esquina del salón en la que la pintura se desconcha.

Se siente como si toda su piel fuera eléctrica, una masa de cables desnudos.

–Vale, la cocina es terreno pantanoso –dice, volviendo diez segundos después, moviéndose con nerviosismo.

–¿Qué?

–Están enrollándose a lo bestia. A lo bestia. Tengo las córneas en llamas ahora mismo –dice, sentándose en el brazo del sofá y frotándose los ojos–. Es como ver a tus padres montándoselo. Si lo hicieran casi subidos en la encimera como acróbatas del Cirque du Soleil.

–Supongo que no vamos a ver otra peli, entonces –replica él a media voz.

–Y yo tendré la habitación para mí solo esta noche. Ah, las ventajas de la soltería perpetua –suspira–, llegar a una casa a oscuras y en silencio el resto de los días de mi vida.

–Es preferible a esto, seguro –dice, levantándose y recogiendo los botellines de cerveza, antes de mirarlos, echar un vistazo en dirección a la cocina y volver a dejarlos sobre la mesa.

Stiles se levanta también, estirando las arrugas de sus pantalones con las manos. Le ha caído una gota de grasa de pizza que dejará marca si no los lava con quitamanchas, y Derek está a punto de decírselo pero suena estúpido en su cabeza, así que se calla.

–¿Son…? –empieza a preguntar él, rascándose la nuca. Habla en voz baja, como si temiera que le oyeran–. ¿Son muy ruidosos?

–Si tienes que preguntar es que no has estado en el mismo edificio que ellos mientras…

–No lo hacen en mi cuarto conmigo delante, gracias a Dios –le corta–. Me sexilio a la biblioteca cuando veo la señal en la puerta y vuelvo un par de horas más tarde. Al menos son considerados. Cuando vivía con Scott nunca avisaba. Y hay un límite a las veces que puedes verle el culo a tu mejor amigo antes de que la amistad se resienta.

–Ya. Las paredes aquí son muy finas –añade, mirando al suelo–. Y ellos… Hablan mucho, digamos.

–Oh. Ugh –murmura, con un quejido, arrugando la boca. Toda su cara es una mueca de disgusto–. No necesitaba saber eso. No sé ni por qué he preguntado. Mi curiosidad es mi peor enemigo.

–Y la habitación de Isaac pega justo con la mía.

–¿Quieres salir de aquí? –dice Stiles, y hay una décima de segundo en la que él mismo parece sorprendido por la pregunta, porque abre mucho los ojos y aprieta la mandíbula–. Quiero decir… Podemos ir a tomarnos algo, durante una hora. Dejarles privacidad. Ahorrarnos el trauma, como prefieras llamarlo. Un café, o una copa. Un café irlandés. Lo que quieras. Hay una cosa que llaman café francés que lleva Cointreau y está muy bueno.

Derek mira a su alrededor, buscando aire que respirar.

–Es un poco tarde para un café –es lo único que se le ocurre decir. Stiles se ríe, demasiado repentino. Forzado, como si se lo tuviera que arrancar de la garganta.

–Tienes razón. Y a mí me queda un mes para los veintiuno, así que… –bufa, haciendo un gesto con las manos–. Ha sido una mala idea. No sé cómo se me ha ocurrido, qué tontería. Salir a tomar algo, tú y yo –se vuelve a reír–. Qué estupidez. Será mejor que me vaya a casa, porque…

–Vale, sí.

Stiles levanta la cabeza y le mira un instante. Derek no sabe a qué ha dicho que sí. A la copa o a que se marche o a nada en particular, simplemente estaba rellenando el silencio. Carraspea. Stiles sonríe como si se le hubiera olvidado cómo se hace.

–Vale, pues ya nos veremos. Me lo he pasado bien hoy, gracias por invitarme.

–Yo no… –empieza a decir, pero tiene el buen juicio de callarse–. De nada.

Stiles sale de casa sin mirar atrás ni para cerrar la puerta, y Derek tarda un segundo en reaccionar, en decidir que los platos sucios y los botellines de cerveza se pueden quedar ahí hasta la mañana siguiente, porque él se va a la cama.

No duerme demasiado bien esa noche. Se despierta seis o siete veces, convencido de que ya es por la mañana hasta que mira el reloj de su mesilla y se da cuenta de que apenas ha dormido un par de horas. De la habitación de Isaac llegan susurros hasta bien entrada la madrugada, pero al menos solo es eso, y no el sonido de la cama chirriando.

Cuando empieza a amanecer se levanta, aburrido y frustrado, se pone unos pantalones cortos y sale a correr. No hay nadie por la calle a esas horas, demasiado tarde para los que salieron de fiesta pero demasiado pronto para los que tienen algo que hacer un sábado por la mañana. Corre más rápido de lo que lo haría normalmente, con Editors tronando en sus oídos, y se cruza el campus hasta llegar a esa cafetería llena de hipsters que le gusta a Boyd, que está convenientemente cerrada. Se compra la revista de National Geographic y una chocolatina en un kiosco, y el camino de vuelta lo hace andando sin prisa, con el aire de la mañana secándole el sudor de la frente mientras hojea un reportaje sobre Australia.

Le da tiempo a ducharse, recoger el salón y hacer café antes de que Boyd se despierte y se marche a la biblioteca. Va por su segunda taza cuando oye los pasos ligeros de Isaac por las escaleras, y los más sólidos de Danny detrás.

–Te llamo esta tarde –dice el primero, abriendo la puerta. Derek tiene una visión directa desde su silla en la mesa del comedor, así que baja la mirada a su libro e intenta no prestar mucha atención.

–Te quiero –susurra Danny. Le da el primer beso.

–Y yo –contesta él. Dos. Tres.

–Ya lo sé. –Cuatro, cinco–. Dime cómo te ha salido la presentación, ¿vale?

–Vale.

–¡Hasta luego, Derek! –dice, y volviendo a susurrar–: Hasta luego.

Seis. Isaac cierra la puerta tras él y suspira. Derek se acerca más el libro a los ojos.

–Buenos días –dice tras un momento, moviéndose hacia él como flotando un palmo por encima del suelo.

–Hola.

–Siento lo de ayer. De verdad queríamos ver Anchorman.

–No os preocupéis –contesta–. Esas cosas pasan.

Isaac se ríe, bajito y tímido, y se acerca a ponerse una taza de café.

–Vamos a irnos a vivir juntos –dice, sentándose frente a Derek–. En cuanto nos graduemos.

Cierra el libro y pone las manos sobre la cubierta, sintiendo las letras en relieve bajo las yemas de los dedos.

–Vaya. ¿A dónde?

–A donde le hagan la mejor oferta de trabajo. A Palo Alto, probablemente. Las grandes empresas se pelean por él.

–Oh. ¿Y tú qué vas a hacer?

–Buscaré trabajo allí.

Derek asiente con la cabeza, metiendo la cuchara en su taza de café medio vacía y dando algunas vueltas.

–¿Y qué pasa con aquél tipo que conocías en Ohio? El que te iba a conseguir una entrevista para ser profesor de Arte en el colegio.

–Profesor sustituto. No era nada definitivo, sólo una entrevista. Y no le conozco, conozco a su mujer, es –levanta las manos, como tratando de explicarlo con un gesto vago–… No era una oferta en firme.

–No crees, Isaac… –empieza a decir, arrugando una servilleta de papel entre los dedos–. ¿No crees que eres demasiado dependiente de Danny? –pregunta. Y ha intentado hacer que suene menos agresivo, pero claramente no ha dado resultado, porque Isaac enarca las cejas en una mueca.

–No. ¿Lo crees tú?

–Bueno, tus únicos amigos son sus amigos. Tu único plan es su plan –dice con cautela–. ¿Vas a seguirle a donde él quiera?

–Wow, Derek, ¿por qué no me dices cómo te sientes realmente? –ironiza, apartando la silla un metro de la mesa.

–Sólo creo que deberías tener cuidado.

–Soy un estudiante de Bellas Artes, huérfano a efectos prácticos. No tengo casa a la que volver y no voy a tener un trabajo estable en la vida, así que… No sé qué es lo que pretendes que haga. Dependo de él porque es mi familia y la familia que quiero tener, y no sé por qué te da tanto miedo, pero eso es un problema tuyo.

–Isaac…

–Y tú vas a desaparecer –le espeta, señalándole con un dedo–. Ni siquiera me sorprende que no te hayas incluido en mi lista de amigos. Volverás a Nueva York y nunca nos llamarás a Boyd y a mí. Ni siquiera nos has añadido en el Facebook. Yo pienso en ti como en un hermano y para ti no significa nada y es una mierda –exclama, y se levanta de la silla–. Pero claro, hablo yo más con Cora que tú, así que supongo que no puedo esperar que… –deja morir la frase y bufa, mirando su reloj–. En fin. Me voy al trabajo.

–Espera.

–Tengo prisa.

–Isaac, sabes que no quería decir eso –musita lamentablemente.

–No. No lo sé, Derek. No haces más que decir cosas ofensivas y, y… –bufa, cruzándose de brazos–. Hirientes. Y se supone que tenemos que aguantarlo porque es tu manera de ser, y te conocemos y tenemos que imaginarnos que no lo dices con intención de hacer daño. Pero duele igual.

–Eso es lo contrario de lo que quiero.

–Ya lo sé, joder. Sé que crees que me estás protegiendo, avisándome de todas las cosas horribles que pueden pasarme en la vida, pero es que no quiero oírlas. Danny no es una de esas cosas –dice, apretando la mandíbula–. Sé que a lo mejor me voy con él a Palo Alto y a los dos meses conoce a alguien mejor y me deja y yo no tengo dónde caerme muerto, pero voy a correr el riesgo porque existe la posibilidad de que todo salga bien –resuelve, y fuerza una sonrisa–. En el mundo hay malas personas y hay buenas personas, y hay personas que quieren ser parte de tu vida, y ni siquiera sé por qué, porque eres gilipollas la mayor parte del tiempo. Pero deberías dejarles.

Derek asiente con la cabeza, aunque no está muy seguro de lo que ha querido decir Isaac. Vuelve a abrir su libro y recorre el filo de las páginas con un dedo.

–Danny me cae bien, pero le partiré las piernas si lo necesitas –dice.

–Gracias –se ríe Isaac, sorprendido–. Pero de verdad creo que no hará falta.

–Es en serio.

–Ya lo sé, Derek –le asegura. Le mira un momento y chasquea la lengua–. Tengo que irme al trabajo.

–Claro.

Isaac coge sus llaves y su chaqueta y el casco de la bici, y se despide con un gesto. Derek vuelve a cerrar su libro.


– – –



La música lleva sonando un buen rato cuando Derek se decide a bajar a la fiesta. Los de siempre ya están allí, entrando y saliendo de su cocina como si pagaran alquiler, abriendo el congelador para sacar bolsas de hielo y meter cervezas que traen calientes de la tienda. Hay media docena de desconocidos entrando por la puerta, una mezcla heterogénea de bohemios estudiantes de Arte compañeros de Isaac y estirados filólogos amigos de Boyd. De vez en cuando reconoce a algún ingeniero que viene invitado por Danny, vestido con una camiseta con mensaje que debería de resultar gracioso, y Derek se da cuenta de que tiene suerte. La universidad está llena a reventar de imbéciles, y él ha dado con tres o cuatro que son prácticamente normales. Gente capaz de existir fuera del campus, fuera de ese caldo de cultivo de pedantes sin ningún conocimiento práctico de cómo funciona una vida adulta humana en el mundo real.

La música debe de haberla puesto Boyd, porque no es mala. Algunos empiezan a moverse tímidamente con una copa en la mano, mientras charlan de esto o aquello.

Derek saluda a Scott y a Jackson brevemente, interrumpiendo su conversación sobre baloncesto, y se queda allí orbitando a su alrededor mientras retoman su acalorada discusión del último partido de los Lakers. Derek no interviene porque le revienta darle la razón a cualquiera de los dos, pero en su cabeza tiene montones de comentarios interesantes que aportar que enriquecerían mucho el diálogo. Porque Scott no es tan estúpido como cree todo el mundo, pero es un poco iluso; y Jackson es bastante menos inteligente de lo que él se cree, así que tiende a decir muchas gilipolleces sin sentido que suenan bien si no prestas mucha atención. Derek pondría un poco de sentido en todo eso.

Está mirando alrededor de la habitación cuando siente a alguien acercarse a su lado.

–Derek, te voy a presentar a alguien –le dice Isaac, agarrándole de la muñeca. Tira de él sin ningún resultado, porque no se mueven ni un milímetro.

–¿Por qué?

–¿Cómo que por qué? Porque quiero que le conozcas –replica, mirándole como si fuera idiota–. Está especializándose en Escultura, es un tío muy gracioso, muy simpático. Tiene buenas manos, supongo. Derek –suplica.

–No.

–No vas a perder nada por conocerle.

–El tiempo –repone.

–Tienes una actitud…

–No me interesa conocer a nadie, ¿vale? No lo necesito.

–Sal con él un par de veces, tomaos un café, id a ver una peli indie de esas que te gustan. Conoce a otro ser humano –le pide, marcando cada palabra.

–No tienes ni idea de lo agotador que es eso.

–Claro, porque yo vivo en una burbuja de metacrilato en la cumbre del Everest y nunca hablo con nadie –ironiza.

–Porque tú no tienes citas. No quiero tener una cita con alguien que no me interesa, porque va a ser tedioso y acabaré jodido de todas maneras cuando no me vuelva a llamar.

–Derek, echa un polvo –dice Isaac en tono confidencial–. Me ha preguntado mucho sobre ti, ni siquiera necesitas poner nada de tu parte.

Derek pone los ojos en blanco y cruza los brazos sobre el pecho.

–¿Es ese tío de las mejillas gordas que no deja de mirarnos? –pregunta, señalándole con el cuello de su botellín de cerveza.

–Se llama Thomas.

–No, gracias.

–Necesitas acostarte con alguien –insiste, y Derek termina de perder la paciencia.

–No, de hecho. Tengo una vida perfectamente plena sin necesidad de acostarme con el primer polvo fácil que se me ponga por delante, Isaac –susurra furiosamente–. No necesito ese tipo de complicaciones en mi vida, ya tengo suficiente. Y, ya que hablamos del tema, ¿te das cuenta de lo finas que son las paredes en esta casa? –dice. Y sabe que está siendo un cabrón pero no puede parar, abre la boca y las palabras siguen cayéndosele–. Cada vez que Danny y tú lo hacéis tengo un asiento de primera fila para el espectáculo. Porque eso es lo que es, un espectáculo.

–¿Sabes qué? Voy a dejar pasar ese comentario inmerecidamente cruel –contesta, apretando los labios en una línea fina–. No es conmigo con quien estás enfadado, así que no lo pagues conmigo. Puedes empezar a darte puñetazos en la cara, si eso te va a hacer sentir mejor. Siento haber intentado hacer algo por ti. A estas alturas ya debería haber aprendido la lección.

–Sí, deberías –replica, pero Isaac ya está volviendo hacia la cocina y él vuelve a estar solo en su esquina del salón, hablando consigo mismo. Habría sido más satisfactorio si Isaac le hubiera hecho un corte de mangas, o algo así. Se habría sentido menos estúpido.

Se consigue una cerveza, que ha debido de comprar alguien con peor gusto que él, y se bebe la mitad de un trago. Observa a la gente un rato, porque eso es lo que suele hacer en las fiestas, y se plantea subir a por su iPod para poner algo de Peaches que anime el ambiente y le haga sentir un poco mejor. O puede que suba a su habitación y se quede allí escuchando a Peaches.

La puerta se abre y Lydia entra con una falda de cuero cortísima y unos tacones con los que podría matar a alguien. La habitación enmudece un momento, porque ese es el efecto que tiene Lydia sobre la gente, e incluso la música parece pararse una fracción de segundo. Detrás de ella, como un niño asustado aferrándose a los faldones de su madre, entra Stiles. Su humor se agria más con cada segundo que pasa. Derek sabe que se acabó la paz para él esa noche, porque Stiles irá directo hacia él y tratará de robarle la cerveza, en vez de ir a por una a la cocina, y le quemará la oreja con las historias más estúpidas, sin ni siquiera hilarlas de una forma coherente, como si su cerebro siempre le llevara diez pasos de ventaja a su boca y necesitara coger atajos para ir desde un lugar a otro.

Sólo que está distinto. No es nada que Derek pueda identificar, ningún cambio físico evidente. Puede que esa camisa sea nueva, o que lleve el pelo peinado de otra manera, pero no es eso lo que le choca. Hay algo que ha cambiado en él más profundamente, en la manera en la que se conduce entre la gente, tras ese primer segundo de incertidumbre al entrar. Lydia se hace a un lado y Stiles abre la marcha hacia la cocina, la espalda erguida y la barbilla levantada, andando con seguridad. Pasa a un par de metros de él y apenas le dirige una mirada de soslayo. Lydia, en cambio, le sonríe de una manera que le pone los pelos de punta.

Se pasan veinte minutos al otro lado del salón, con Jackson y Danny, riéndose de alguna historia que Derek no alcanza a oír. Stiles se apoya contra la pared y parece que esté haciendo un esfuerzo consciente por no dirigir la mirada a ningún punto alrededor de Derek. Se le hace insoportablemente irritante, porque Lydia sí que mira, y le descubre fijándose en ellos más de una vez. Su sonrisa de suficiencia es repugnante.

Los grupos se desintegran y se vuelven a formar, como en un documental de naturaleza a cámara ultra rápida. Jackson se gira hacia Allison y Erica, Boyd se une a la conversación de Scott, Danny charla con alguien de su clase hasta que Isaac le pasa los brazos alrededor de la cintura y le da un beso en el hombro. Stiles y Lydia no se separan ni un palmo, siempre están el uno al lado del otro, tan cerca que pueden tocarse con sólo estirar los dedos. Hablan en susurros y beben vodka con algo de color rosa y simplemente están allí siendo una fuente de desagrado permanente para Derek.

Se obliga a darse media vuelta, a mirar hacia otro lado. Seguro que hay gente con la que puede hablar en esa fiesta. Aquello está lleno de gente.

–Danny… –empieza a decir, cuando le encuentra a un par de metros de ahí, pero él levanta una mano en el aire y se lleva el botellín de cerveza a la boca con la otra, mirándole con algo como hartazgo.

–Isaac está cabreado contigo, así que ni lo intentes –dice al fin, secándose la boca con el dorso de la mano.

–Se lo ha buscado él solo.

–No quiero saberlo, de verdad –repone, como si le doliera tener que hacerlo–. Soy mucho más feliz si no tengo que elegir un bando, porque voy a elegir el suyo y tú me caes bien.

–Vale. Gracias.

–¿Supongo que es por Thomas? –pregunta, pese a todo.

–No empieces tú también.

–No estoy haciendo nada. Ya le dije que no era buena idea.

–¿Tú lo sabías?

–Claro que lo sabía. Isaac sólo quiere que seas un poco menos miserable.

–Yo no soy miserable –replica.

–Puedes ser más feliz –responde él sencillamente.

–¿Y el sexo sin sentido lo hará?

–No quiero discutir contigo, Derek –zanja–. Esto es una fiesta.

Durante un momento beben en silencio. Danny se ríe de algo que Jackson le grita sobre la gente, que Derek ni siquiera ha registrado, y se gira hacia allí sin pensar en lo que se va a encontrar. Stiles abre mucho los ojos un segundo cuando sus miradas se cruzan, y clava los ojos el suelo antes de volver a levantar la cabeza. Y ahí está, esa otra persona que se parece a Stiles si él fuera todo lo que Stiles no es, porque esa es la única manera de explicarlo. A Derek le irrita, por alguna razón.

–¿Está Stiles cabreado conmigo? –le pregunta a Danny, que sigue sonriéndose en silencio con las estupideces de Jackson.

–Y yo qué sé.

–Vives con él, deberías saberlo.

Danny hace un gesto muy poco específico con las manos, que Derek interpreta como ‘quién sabe lo que se le pasa a Stiles por la cabeza’.

–¿Has hecho algo para cabrearle? –pregunta, a falta de algo mejor.

–¿Últimamente? No creo. Quién sabe. Estoy cabreando a la gente todo el rato.

Danny asiente con la cabeza gravemente.

–No sé. Es verdad que está raro –admite, mirando en su dirección un momento, y se encoge de hombros–. Pero Stiles es un tío raro. A lo mejor está conduciendo un experimento sociológico. No te preocupes por ello.

–No estoy preocupado –se apresura a decir.

Y no lo está. Es sólo terriblemente molesto, porque algo pasa y no sabe qué es, no sabe por qué. Estaba bien la última vez.

Se siente caminando hacia Stiles y no se frena, no hasta que está a apenas un metro de él.

–Hola –dice, un poco ahogado, y él se da la vuelta despacio, en un movimiento muy controlado.

–¿Qué tal, Derek? –responde, con una sonrisa tan tensa que parece a punto de romperse con un chasquido.

–Bien.

–Buena fiesta.

–Gracias. Aunque yo no he hecho nada. Sólo he bajado de mi cuarto.

Stiles asiente con la cabeza y le da un trago a su vaso, mirando alrededor. Derek espera un momento, aunque no sabe exactamente a qué. Se siente como si acabara de pisar un escalón fantasma, como si al subir las escaleras hubiera calculado mal y hubiera colado el pie en un montón de aire. Mira el botellín de cerveza con intensidad y le da otro trago. Pasan treinta segundos antes de que Stiles vuelva a hablar.

–¿Y qué tal tu tesis? –dice, como si hubiera pillado la conversación a mitad de camino.

–Bien –dice–. Voy por delante en el calendario que me puse, así que… Bien. ¿Tú qué tal? Tus clases.

–Bien, gracias –contesta cortésmente. Derek está esperando a que le recorra el cuerpo un escalofrío que no llega, así que le da otro trago a su cerveza–. Estoy muy emocionado por graduarme.

–Sí. Es emocionante. –Stiles le dedica una sonrisa que le hace sentirse engañado. –Y… ¿qué vas a hacer después?

–Estudiaré la conducta criminal en la población carcelaria.

–Oh. Vaya, qué interesante –responde. No está absolutamente seguro de qué estudia Stiles exactamente, pero sabe que es algo relacionado con la criminología, así que supone que tiene sentido–. No te imagino relacionándote con psicópatas a diario.

Stiles levanta la vista y le mira, y por un segundo hay una especie de brillo en sus ojos que hace que parezca el Stiles de siempre, un toque de malicia breve, tan sutil que podría haberlo pasado por alto si no llevara toda la noche buscándolo desesperadamente. Pero Stiles se muerde el labio y sonríe y contesta:

–Sí. –Echa un vistazo alrededor de la habitación y localiza a Lydia, que le hace un gesto con la cabeza. –Bueno, ha estado bien hablar contigo, Derek. Disfruta de la noche.

Tarda unos segundos en darse cuenta de que se ha marchado al otro lado del salón. Lydia le habla al oído y él pone atención como si su vida dependiera de ello, más centrado de lo que Derek le ha visto jamás. No muy lejos de él, Isaac habla con Danny, Jackson y los amigos de éste del equipo, haciendo lo posible por que no trascienda lo poco que soporta al mejor amigo de su novio. Scott y Boyd miran algo en la pantalla del smartphone de uno de ellos, y Erica baila con un grupo de chicas cerca de la puerta de la entrada. Allison sale de la cocina con una bandeja llena de chupitos de gelatina y comienza a repartirlos entre los grupos de gente.

No hay ni una sola persona con la que Derek quiera pasar ni un segundo allí. No quiere bailar con Erica ni ver vídeos con Boyd ni beber con Allison, no quiere escuchar las tonterías que tiene que decir Lydia ni las bromas insultantes de Jackson. Odia las fiestas y no tendría que haber bajado de su habitación esa noche, porque todo es estúpido. La raza humana es estúpida.

Se termina su cerveza y va a por otra al frigorífico, y se la bebe sentado en la encimera mientras observa a la gente. Escucha trozos de conversaciones, la estupidez en su máxima expresión. Chad no me ha llamado; Chet me engaña con Mindy; qué borracha voy, tía; vamos a ser amigas para siempre, ¿me lo juras? Y se pregunta cómo será habitar ese cerebro, ese erial. Cómo se sentirá uno siendo idiota. Son aspirantes a ingeniero y abogado y arquitecto y son tontos en el sentido más literal de la palabra, con la cabeza llena de datos que se olvidan en el momento en el que los escriben en el examen final, y sin ninguna inteligencia real, sin ninguna profundidad. Y lo peor de todo es que son muy felices de esa manera, porque la infelicidad siempre es mayor cuando se comprende lo que la causa. Derek ni siquiera es la persona más inteligente de la habitación, pero es fácilmente la más infeliz. Y eso aún lo hace más duro, porque ni siquiera es lo suficientemente brillante como para que eso justifique su falta de funcionalidad como ser humano.

No sabe qué es lo que le pasa, qué es eso tan horriblemente roto en su cerebro que hace que sea incapaz de conectar con otro ser humano, pero lo odia. Se odia, a veces. Muy a menudo. Se convence de que está cómodo consigo mismo, de que ha madurado y se ha convertido en una persona con la que le gusta pasar el tiempo a solas, pero es mentira.

Tiene que mentirse a sí mismo para que su vida no parezca una pérdida de tiempo.

No hay nada allí para él, pero en vez de subir las escaleras y encerrarse en su cuarto a ver un episodio de Breaking Bad se queda y les mira, y se harta de odio. Lo siente recorriéndole por dentro, bombeando a través de sus venas. Toda la gente riéndose y pasándoselo bien como si su vida fuera esa cosa tan maravillosa, tan llena de posibilidades. Les mira bailar sin ninguna coordinación y sin importarles, sólo porque es divertido y son felices. Les ve pasarse los brazos alrededor de los hombros uno a otro y hacerse bromas al oído, les observa riéndose desde el centro del pecho, con una carcajada que se extiende como una onda expansiva por sus brazos y sus piernas y explota en su cara. Mira la manera en la que la risa le desencaja la boca y le hace brillar los ojos cálidos y serenos. Es una risa que llena toda la habitación, que se contagia en todos los que están a su alrededor. En Scott y Isaac e incluso Boyd. Todos se apoyan en Stiles y se ríen como si fuera el fin del mundo.

Hace memoria tratando de recordar la última vez que se rió con ganas, algo distinto de una media sonrisa cruel o sarcástica. Todo acaba siempre en Laura, en la manera en la que contaba las bromas que su madre le hacía a su padre constantemente, de la vez que le inyectó picante en una naranja y a él casi se le salen los ojos, o de esa vez que le cosió los puños de la camisa mientras echaba la siesta y luego no era capaz de quitársela.

Hace tiempo que no se ríe. No es una persona jovial, y eso es todo. No es como si tuviera razones para serlo.

–No pareces divertirte mucho –dice Stiles a su lado. Derek aparta su botellín vacío y coge uno nuevo. El quinto o el sexto, da lo mismo. En medio se ha tomado dos chupitos de los de Allison y una copa de vodka.

–Tú parece que te lo pasas bien.

–Es una fiesta decente –dice, impulsándose con las manos para sentarse él también en la encimera.

–¿Lo es? No lo sé.

–La música está bien, hay alcohol, hay gente.

–La gente –bufa–. Si es eso lo que te gusta.

–Supongo que no lo es –musita él–. ¿Cuánto has bebido, Derek?

–Bastante. Es una fiesta, ¿no? Tú también estás borracho –le hace notar, mirando sus mejillas sonrosadas y sus ojos vidriosos, los dedos un poco torpes cuando trata de arrancar la etiqueta de la botella.

–Es una fiesta –dice, y se encoge de hombros.

–Yo bebo para que la gente parezca soportable, ¿cuál es tu excusa?

–Bueno. A mí me gusta cuando la cerveza sabe a pis tibio –contesta, y Derek quiere sonreír pero se frena justo a tiempo–. No sé, no hay una razón para todas las cosas que hago –dice, serio otra vez, por alguna razón. Él aparta la mirada y los ojos le escuecen porque se le ha olvidado parpadear.

–Haces muchas cosas raras.

Stiles resopla y se pasa una mano por la cara, se frota los ojos y mete los dedos entre el flequillo demasiado crecido.

–Yo no te gusto mucho, ¿verdad? –dice, balanceando las piernas en el aire.

Derek niega con la cabeza levemente, casi imperceptible.

–¿Por qué no? ¿Qué tengo de malo?

–Haces demasiadas preguntas –contesta, dando un trago a su cerveza-. Hablas demasiado. Existes demasiado.

–Woah –exclama, echándose hacia atrás como si hubiera recibido un tortazo. Como si Derek le hubiera dado un golpe de verdad, con la mano abierta–. Eso es lo peor que me han dicho en la vida –musita, deslizándose desde la encimera hasta el suelo, prácticamente tambaleándose al ponerse de pie–. Gracias, Derek, eres un gilipollas.

Cuando entiende lo que ha pasado ya es muy tarde, Stiles está cerrando la puerta de la entrada de un portazo, y Derek sale tras él pero no tiene ni idea de qué puede hacer. De cómo puede explicarle que no es eso lo que intentaba decir.

–¡Stiles! –grita, parado en medio de la calle.

–Que te jodan –replica, sin molestarse en darse la vuelta para mirarle–. Jesús, María y José, soy imbécil –murmura para sí mismo.

Derek se queda allí hasta que le pierde de vista tras doblar una esquina. Repite la conversación en su cabeza. Lo repite una y otra vez como una grabación, las palabras exactas y la entonación y el ruido de fondo en la cocina, y por muchas vueltas que le dé, por mucho que intente encontrarle otro sentido, parece que le ha dicho que preferiría que se muriera y, joder.

No era eso. Trata de hacer que suene mejor en su cabeza, pero la música se le clava en los oídos y de repente se encuentra rodeado de gente que no conoce sentada en su sofá, riéndose y bebiendo, bailando. Todo son caras desconocidas, gente que no le importa lo más mínimo. Quiere que todos desaparezcan de allí. ¿Dónde coño están Isaac y Boyd? ¿Por qué está pasando esa mierda en su casa? Es una mala persona, eso es todo lo que es. Una persona horrible. Hay una buena razón por la que no tiene amigos.

Encuentra a Isaac hablando con Erica, compartiendo un vaso rojo con ella. Se están divirtiendo, riéndose de algo.

–Necesito que toda esta gente se vaya –dice, agarrándole del brazo.

–Derek, ¿estás bien?

–Haz que se marchen –le ordena–. Odio a esta gente, haz que se marchen.

Isaac frunce el ceño y le pasa el vaso a Erica, saliendo disparado hacia el otro lado del salón, donde está Danny, para susurrarle algo al oído.

–¡Eh! –dice él, arrancando el iPod del altavoz y haciendo que la música pare en seco–. Fiesta en casa de Jackson Whittemore, ¡vámonos!

–¿Qué? –oye decir a Jackson, pero Danny está abriendo la puerta y empujando a la gente fuera con una jovialidad tan fingida que hasta Derek se da cuenta.

“Haces que sobrevivir parezca tan fácil”, podría haber dicho. “Haces que existir no parezca doloroso. Existes demasiado bien.”

Eso ni siquiera tiene sentido. Hay vasos de plástico encima de la tele y cartas de poker sobre la mesa del comedor, y todo parece muy irreal, así que sube a su habitación donde las cosas están en el sitio que les corresponde y el silencio es normal, el estado normal de las cosas y no un vacío repentino.

Es sólo que…

El duelo no debería de ser algo tan habitual, eso Derek lo sabe. Boyd perdió a su hermana pequeña, Isaac perdió a su madre y a su hermano y se perdió a sí mismo para poder conservar a su padre. Derek perdió a toda su familia uno a uno, incluso a los que siguen vivos los ha perdido. Sabe que no es lo normal, que no debería parecérselo. Que la gente recuerda cumpleaños y no aniversarios de muerte. Ninguno de los tres está bien, tienen días en los que hay algo que se les agarra por dentro y les chupa la vida de los ojos; el recuerdo o la culpabilidad del superviviente o simplemente la tristeza. Pero Isaac tiene a Danny y Boyd tiene a Erica y tienen a sus amigos y lo superan, y se levantan al día siguiente un poco más fuertes. Derek no. Derek aprieta los dientes y transforma ese dolor en rabia y en odio que le bulle en el estómago hasta que tiene ganas de vomitarlo.

Y Stiles se parece más a él. El dolor de Stiles es como el suyo pero él lo convierte en ganas de estar vivo y Derek lo odia. Odia que sonreír parezca tan fácil cuando todo duele por dentro.


– – –



Se despierta con resaca y con algo peor, una especie de sensación pesada en el pecho, una presión sobre el esternón que hace difícil respirar. Entra mucha claridad por la ventana, así que debe de ser tarde, pero aún así da vueltas en la cama un rato largo, hasta que las sábanas se le enredan en las piernas y él no puede seguir aguantándose las ganas de hacer pis y lavarse los dientes.

No se molesta en ponerse una camiseta para salir al baño. El espejo está empañado y la alfombrilla de la ducha es un montón húmedo en una esquina, lo que significa que Isaac está en casa y despierto. No le oyó entrar.

Se cepilla los dientes sentado en la taza, porque mear de pie está sobrevalorado, y tarda más tiempo del necesario pero le da igual, porque no es como si tuviera nada que hacer en todo el día, ningún sitio en el que estar. Se lava la cara y decide que se duchará más tarde. O al día siguiente, no es como si a nadie fuera a importarle.

Lo primero que se encuentra cuando baja las escaleras es a Isaac con una bolsa de basura en una mano, recogiendo vasos de plástico y botellas de alcohol. Su salón es un vertedero. Apesta a cerveza caliente y a humo de porro, y se le revuelve un poco el estómago.

–Días –musita, enfilando hacia la cocina. Hay una cafetera hecha, así que se sirve una taza y abre la nevera para ver qué puede comer que absorba el alcohol de su estómago.

–Dice mi novio que eres un jodido imbécil –oye a Isaac a su espalda.

–¿Eso dice? –replica él, dándose la vuelta. Isaac sigue con la bolsa a medio llenar en la mano, apoyándose en el marco de la puerta.

–Literalmente. Ya sabes cómo es, no dice muchas palabrotas, así que supongo que la has cagado bien.

–Sí –reconoce Derek.

Él suspira gravemente, mete la mano entre sus rizos y se rasca la cabeza.

–Esto es lo opuesto a lo que te dije que hicieras. Lo diametralmente opuesto. Está en las antípodas de lo que te dije que hicieras, Derek.

–Ya –contesta, volviendo a meter la cabeza en la nevera.

–Vale. Está bien que lo sepas.


– – –



El siguiente viernes vuelve a haber gente en su casa cuando llega del gimnasio. Erica y Allison eligen una película, Danny y Jackson discuten sobre algo que Derek no se molesta en identificar, Lydia y Boyd hablan de un libro que los dos están leyendo, que tampoco se molesta en saber cuál es, y Scott y Isaac terminan una partida a la Play mientras los demás les meten prisa.

Derek no pregunta, aunque todos están esperando que lo haga. Puede que precisamente por eso prefiera callarse. Sube a darse una ducha, se pone unos vaqueros viejos y cómodos antes de bajar a por una botella de agua y algo que cenar. Le han esperado para ver la película, una de ciencia ficción que no le apetece nada, así que les da las gracias y se vuelve a su cuarto, a comerse los restos de macarrones que hizo Boyd el miércoles. Tiene un montón de cosas que arreglar en su tesis, pero acaba por ponerse cuatro episodios seguidos del programa de viajes de Anthony Bourdain, y se duerme a medias del último, mientras le ve comer tacos de lengua en México.

Trata de convencerse de que es una buena noche.


– – –
 
 
música: Modest Mouse - 3rd Planet | Powered by Last.fm